
Cuando una empresa busca incorporar a una persona joven, es habitual que valore la iniciativa, la autonomía, las competencias digitales y la capacidad para adaptarse rápidamente. También es frecuente encontrar un requisito difícil de cumplir cuando todavía no se ha tenido una primera oportunidad profesional: la experiencia previa.
Surge entonces una contradicción evidente. ¿Cómo puede adquirir experiencia una persona joven si necesita tenerla para acceder a su primera oportunidad?
El problema suele abordarse hablando de “los jóvenes” como si todos compartieran una misma realidad. Sin embargo, tener una edad parecida no significa partir del mismo lugar. Al mismo tiempo, mientras muchas personas buscan una oportunidad para aplicar lo que saben, numerosas pymes acumulan pequeñas necesidades de mejora y digitalización que no consiguen abordar por falta de tiempo o capacidad interna.
Ambas situaciones suelen analizarse por separado, pero pueden estar más relacionadas de lo que parece.
No todos los jóvenes parten del mismo lugar
Algunas personas jóvenes terminan sus estudios con conocimientos especializados, idiomas, contactos profesionales y experiencias de prácticas. Otras deben enfrentarse a dificultades económicas, responsabilidades familiares, problemas de movilidad o falta de orientación.
También existen diferencias relacionadas con el lugar de residencia, el nivel educativo, el origen, el género, la discapacidad o el acceso a recursos tecnológicos. Para algunas personas, preparar un currículum, acudir a una entrevista o desenvolverse en un entorno profesional resulta relativamente natural porque han contado con referentes cercanos que les han explicado cómo funciona una empresa y qué se espera de ellas. Para otras, el primer contacto con el mercado laboral supone entrar en un entorno completamente desconocido.

Por eso, una candidatura poco elaborada o una entrevista insegura no siempre reflejan falta de interés o capacidad. En muchas ocasiones muestran simplemente una falta de oportunidades, orientación y contacto previo con el mundo profesional.
A estas diferencias se suma una barrera circular. Las empresas valoran la experiencia porque reduce la incertidumbre. Una persona que ya ha trabajado conoce ciertas dinámicas, necesita menos adaptación y puede demostrar que ha aplicado sus conocimientos en un contexto real. El problema aparece cuando también se exige esa experiencia para acceder a las posiciones de entrada.
Esto no significa que las empresas deban eliminar sus requisitos ni incorporar personas que no estén preparadas. El reto consiste en construir oportunidades adecuadas al momento profesional de cada participante. Una persona sin experiencia puede aportar capacidad de aprendizaje, conocimientos recientes, familiaridad con la tecnología y una mirada diferente sobre procesos que la empresa lleva años realizando de la misma manera, pero necesita objetivos claros, tareas proporcionadas y una referencia que facilite sus primeros pasos.
También conviene evitar otra generalización habitual. Ser joven no significa dominar la tecnología profesional. Utilizar redes sociales, aplicaciones móviles o plataformas digitales no equivale a saber organizar información, documentar un proceso, analizar datos o trabajar con herramientas empresariales.
Las competencias digitales profesionales también deben aprenderse y ese aprendizaje resulta especialmente útil cuando está relacionado con una necesidad concreta. Aprender una herramienta de forma abstracta tiene un impacto limitado. Utilizarla para organizar documentos, preparar un formulario, analizar información o digitalizar un registro permite comprender para qué sirve y cómo se integra en el trabajo diario.
La necesidad de desarrollar estas competencias no afecta únicamente a las personas jóvenes. En 2023, el 27,2 % de las empresas españolas utilizaba servicios en la nube, frente al 38,9 % de media en la Unión Europea. En ese mismo periodo, los especialistas TIC representaban el 4,4 % del empleo en España, frente al 4,8 % de la media europea [3]. Estos datos reflejan que todavía existe margen para reforzar tanto la adopción tecnológica de las empresas como la formación de perfiles capaces de acompañar esa transformación.
Una primera experiencia debe permitir aprender y aportar
Incorporar a una persona joven no garantiza por sí solo que exista una experiencia profesional de calidad. Una práctica basada únicamente en tareas repetitivas, sin contexto ni seguimiento, puede añadir una línea al currículum, pero difícilmente ayudará a comprender una profesión o desarrollar autonomía.
Una buena primera experiencia debería permitir que la persona entienda qué problema está resolviendo, qué resultado se espera y por qué su aportación es útil. No necesita asumir una responsabilidad crítica para la empresa, pero sí participar en algo que tenga un propósito y un resultado identificable.
Esto también cambia la forma de entender el acompañamiento. No se trata de supervisar constantemente cada tarea, sino de proporcionar un contexto suficiente para que la persona pueda avanzar, resolver dudas y aprender del resultado. Un proyecto concreto y alcanzable, unas instrucciones claras, una persona responsable del seguimiento y una valoración final pueden marcar una diferencia importante entre simplemente ocupar a alguien y ofrecerle una verdadera experiencia profesional.
Sin embargo, sería injusto trasladar toda esta responsabilidad a las empresas. Muchas pymes quieren colaborar con jóvenes, centros educativos o entidades sociales, pero no saben por dónde empezar. Pueden temer no disponer de tiempo para formar, no encontrar tareas adecuadas o no ser capaces de realizar un seguimiento suficiente.
En una empresa pequeña, además, las personas que podrían ejercer como tutoras suelen ser las mismas que deben atender clientes, resolver incidencias, preparar auditorías y mantener la actividad diaria. Por eso, pedir simplemente a las empresas que generen más oportunidades no resuelve el problema. También es necesario facilitarles la identificación de proyectos, la preparación de los participantes y el acompañamiento durante la experiencia.
Convertir necesidades reales de empresas en oportunidades profesionales
En muchas pymes existen tareas de mejora que llevan meses esperando. Organizar una familia de documentos, digitalizar un checklist, estructurar un registro, revisar una base de datos, documentar un proceso, preparar un indicador o sustituir una tarea manual por un flujo más sencillo son ejemplos de proyectos que pueden aportar valor sin requerir una transformación completa de la empresa
La existencia de estas necesidades es coherente con los retos de digitalización empresarial identificados tanto por la Comisión Europea como por el Instituto Nacional de Estadística [1][2]. No siempre se trata de implantar grandes sistemas o realizar transformaciones completas. En muchos casos, las empresas necesitan resolver pequeñas ineficiencias operativas que se han acumulado con el tiempo.
Este tipo de necesidades puede ofrecer un entorno interesante para construir una primera experiencia profesional. En lugar de incorporar a una persona y preguntarse después qué tareas puede realizar, el proceso puede comenzar al revés. Primero se identifica una necesidad concreta de la empresa y después se determina qué conocimientos requiere, qué resultado sería razonable esperar y qué nivel de autonomía puede asumir una persona que todavía está aprendiendo.

Este planteamiento permite, además, preparar al participante antes de entrar en la empresa. Si el proyecto consiste en digitalizar un registro, puede aprender previamente cómo estructurar la información y utilizar la herramienta necesaria. Si debe documentar un proceso, puede conocer antes los principios básicos para hacerlo. Si va a trabajar con datos, puede practicar con ejemplos similares antes de enfrentarse a información real.
De esta forma, la empresa no recibe a una persona que parte de cero y la persona joven tampoco llega a un entorno desconocido sin saber qué se espera de ella. Se reduce la incertidumbre para ambas partes y el acompañamiento puede concentrarse en las particularidades del proyecto y de la propia empresa.
El nivel de dificultad también debe adaptarse a la preparación de cada participante. Una persona que tiene su primer contacto con una empresa puede empezar observando y documentando un proceso. Un perfil con formación técnica puede participar en una digitalización sencilla, mientras que alguien con mayor preparación puede analizar información, construir indicadores o colaborar en proyectos más complejos.
No todas las personas necesitan recorrer el mismo camino ni asumir el mismo nivel de responsabilidad desde el principio. Lo importante es que exista una relación razonable entre el reto planteado, la preparación previa, la autonomía esperada y el acompañamiento disponible.
Este enfoque permite empezar, además, con proyectos pequeños. La primera experiencia profesional no necesita consistir en transformar un departamento entero. Resolver correctamente una necesidad concreta puede ser suficiente para aprender cómo funciona una empresa, trabajar con usuarios reales y terminar con un resultado que pueda explicarse posteriormente en una entrevista.
La persona ya no tendría que limitarse a decir que conoce una herramienta o que ha estudiado una metodología. Podría explicar qué problema encontró, qué trabajo realizó y cuál fue el resultado obtenido.
Demostrar conocimientos aplicados es, precisamente, una de las cosas que las empresas buscan cuando piden experiencia.
Una oportunidad debe aportar valor a ambos lados

La persona joven necesita aprender, ganar confianza y construir una referencia profesional, mientras que la empresa debe obtener una contribución útil que justifique el tiempo y los recursos dedicados al proyecto.
Un proyecto pequeño y bien definido puede cumplir ambos objetivos. Para el participante significa enfrentarse a una necesidad real, comunicarse con profesionales, utilizar herramientas empresariales y responsabilizarse de un resultado. Para la pyme puede significar avanzar en una mejora que llevaba meses aplazándose y conocer a una persona que, con la preparación adecuada, puede aportar nuevas capacidades al equipo.
Cuando ambas necesidades se conectan de esta manera, cambia también la relación entre las partes. El joven deja de ser únicamente alguien que necesita una oportunidad y pasa a ser una persona capaz de aportar valor. La empresa, por su parte, puede dejar de percibir la colaboración exclusivamente como un esfuerzo de formación y encontrar en ella una forma controlada de abordar determinados proyectos pendientes.
Hacer coincidir a una empresa con una persona joven, sin embargo, sigue sin ser suficiente. Alguien debe ayudar a identificar qué proyectos son adecuados, preparar a los participantes, facilitar conocimientos y herramientas, acompañar el aprendizaje y evitar que toda la responsabilidad recaiga sobre la pyme.
Es aquí donde centros educativos, entidades sociales, asociaciones empresariales, administraciones, empresas y organizaciones especializadas pueden desempeñar papeles complementarios. La oportunidad no consiste únicamente en conectar a quien necesita experiencia con quien tiene trabajo pendiente, sino en crear las condiciones para que esa colaboración funcione.
Existen jóvenes que necesitan una primera oportunidad para demostrar lo que saben hacer y, al mismo tiempo, empresas con proyectos pendientes que no encuentran el momento o los recursos para abordarlos. El siguiente reto consiste en organizar ese encuentro de una forma útil, segura y medible para ambas partes.
Referencias bibliográficas
- Comisión Europea.Informe por país de España sobre la Década Digital 2025. Publicado el 18 de junio de 2025. Respalda las afirmaciones sobre la buena infraestructura digital española, el retraso en la digitalización empresarial y la menor proporción de especialistas TIC.
- Instituto Nacional de Estadística.Encuesta sobre el uso de TIC y del comercio electrónico en las empresas. Año 2024–primer trimestre de 2025. Publicada el 22 de octubre de 2025. Aporta los datos de conectividad, páginas web, nube, inteligencia artificial y diferencias entre sectores.
- Comisión Europea.Informe por país sobre la Década Digital 2024 en España. Puede utilizarse para aportar contexto comparativo: en 2023, el 27,2 % de las empresas españolas utilizaba servicios en la nube, frente al 38,9 % de media en la UE; los especialistas TIC representaban el 4,4 % del empleo, frente al 4,8 % europeo.
Contenido escrito por:
Jordi Blanco Corrales, Cofundador y Product Manager de Kapture.io QMS
Con más de 20 años de experiencia en el ámbito de la calidad industrial, Jordi Blanco ha acompañado la evolución de un sector marcado por la mejora continua, la digitalización y unas exigencias cada vez mayores. Su visión combina conocimiento operativo, comprensión del mercado y tecnología para ayudar a las organizaciones a tomar mejores decisiones y reforzar su competitividad.


